Columna de opinión del Dr. y Pbro. Mauricio Albornoz Olivares, decano de la Facultad de Ciencias Religiosas y Filosóficas de la Universidad Católica del Maule.
No es absolutamente seguro que la humanidad siga creyendo en Dios, el cambio histórico que estamos viviendo, con sus variables demográficas, geopolíticas y bélicas, que abarcan un sinnúmero de efectos de toda índole, nos presentan un futuro mucho más amenazante que esperanzador, lo que hace palidecer la palabra de Dios que es Promesa. En efecto, la creciente incertidumbre que vive la civilización humana avellana la esperanza, virtud teologal infranqueable para la fe y sus cimientos. ¿Qué podemos hacer en Semana santa frente a un escenario que se impone con su angustia?
La oración cristiana nos abre a una particularidad innovadora, al ser ella la realización plena de un acontecimiento quántico, que a modo de saltos de energía provoca un encuentro con Cristo y para Cristo, trayéndonos una superposición peculiar. En efecto, la incertidumbre que nos invade, no pocas veces es vencida por la esperanza que la oración cristiana nos devuelve. Mientras otros maestros religiosos invitan a orar, Jesús entra en esta oración y nos involucra con él en una historia ilimitada de amistad. Relación con el ser mismo de Dios y nuestra propia conciencia. Se trata de un momento privilegiado entre nosotros mismos, que junto a Jesús nos forjamos en la lógica de la cruz: locura para los griegos y escándalo para los judíos (1 Cor 1,23).
La oración sugiere siempre superar la resistencia interior, la tendencia a posponer, excusar o evitar el esfuerzo necesario para volvernos a Dios; la oración es el acto religioso fundamental. Por eso Cristo es la posibilidad ontológica de la oración, su guía y condición… su sentido. No es baladí que los discípulos le pidan a Jesús “enséñanos a orar” (Lc 11,1). Estar atento a esa voz vale más que cualquier sacrificio, porque la docilidad del espíritu, tan difícil de encontrar en nuestros días, es mejor que la grasa de los carneros (1 Sam 15,22).
Orar significa luchar contra la inercia del corazón, es tener la humildad de presentar ante Dios, incluso las pequeñas cosas de nuestra vida cotidiana. La oración nos lleva a la comunidad, a las prácticas rituales eclesialmente vividas, al culto, al ethos, al mito. Así, con la oración y en la oración, es posible vivir la Semana Santa acompañando a Cristo, en medio de la comunidad, reviviendo el misterio de su muestre y resurrección. En estos días, podemos materializar esta sugerente invitación, desafiando las nociones convencionales que nos amenazan, y por, sobre todo, revitalizar una Palabra que se nos ha confiado.






