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«El día en que Vicuña Mackenna inauguró el Teatro Municipal»

Era el segundo en el país, y por aquellos años en las ciudades que vivían en una especie de aislamiento por razones geográficas, se dio origen a un regionalismo agresivo, y así sobre nosotros tenían los ojos puestos el resto de las ciudades. Valparaíso pedía que nuestro primer coliseo lo dedicasen “a bodega y que los ratones den cuenta de sus decoraciones”. Chillán y Concepción nos bombardearon con toda su artillería pesada a través de la prensa, motejándonos de ignorantes de solemnidad en materia artística.

El solo hecho que las aposentadurías de los palcos y platea se hubiesen mandado a confeccionar a Europa les causó tal hilaridad a esas ciudades dando a entender que la comodidad de las posaderas no necesitan de asientos importados, porque esa parte del cuerpo humano no producía el milagro que “el gusto artístico se creara en un momento” y le auguraban a los empresarios el más descomunal fracaso.

Sólo el diario “El Mercurio” manteniendo su tradicional línea de mesura se concretó a informar sin adelantar mayores comentarios; tenía al día a sus lectores de todo el país sobre los preparativos que se hacían para su programa inaugural, y destacó una información del diario madrileño “La Correspondencia” que en la península había sido muy grata la noticia al conocerse “la decisión de la ciudad chilena de Talca de inaugurar su nuevo teatro con una compañía de zarzuelas, prefiriéndola a la ópera italiana”. ¿Ópera o zarzuela? La elección del género teatral con que se inauguraría el teatro fue uno de los tantos problemas que se generan en esta clase de acontecimientos.

Entre ópera y zarzuela, se abanderizaron los talquinos. Entre nosotros, imperaba la cultura francesa y no pocos talquinos tenían familiares en Europa, especialmente en París, quienes consideraban que un acontecimiento de esta especie debía tener los ribetes de “la belle époque”, pero otro grupo, con tan buenos argumentos como sus adversarios sostenían que mostrarnos superiores al clima artístico del medio ambiente no tendría la comprensión suficiente del público.

Árbitro de esta polémica fue don Benjamín Vicuña Mackenna, vinculado a Talca por las más diversas circunstancias, como el haber sido compañero de celda de ese gringo que se puede llamar Buffalo Bill talquino, Souper, casado con la buena moza y rica piducana doña Manuelita Guzmán y Cruz: fue el presidenciable de la juventud chilena de avanzada teniendo entre nuestros pipiolos, grandes y buenos amigos; como Intendente de Santiago, obsequia el retrato al óleo de uno de los fundadores de Talca, don José Marín de Poveda; y nos representó en el Parlamento.

El señor Vicuña Mackenna optó por el género ligero que era accesible a todo público y nuestra raigambre hispana estaba más a tono con los temas que se trataban en esas piezas teatrales. Por lo demás, el hecho de ser una fiesta inaugural, cuya trascendencia social era enorme, en nada se privaba el natural afán de las talquinas de vestirse y enjoyarse a la moda parisina.

La prensa, en su rol de palanca orientadora exhortaba a los habitantes de la ciudad y de sus pueblos vecinos para que prestasen su amplia cooperación para el éxito de este acontecimiento de tanta trascendencia, pero quien produjo un impacto en la comunidad fue, sin duda, el editorial del diario “La Opinión”, escrito por su director, don Miguel Herrera: “¿Acaso la rica Talca, la populosa Talca, la orgullosa Talca, la tercera ciudad de Chile, la que tiene el segundo coliseo de la República, se cree incapaz de sostener una compañía y dar vida a su hermoso teatro?». “Que el gasto es enorme para un conjunto artístico porque pasan los ocho mil pesos mensuales, y ¿qué dirá la prensa de Santiago y Valparaíso de nosotros? Esto es una vergüenza pues otras ciudades como Copiapó y Concepción mantienen compañías todo el año”.

“El público debe reaccionar, porque de otro modo se le dará la razón al dueño del Teatro de Valparaíso: ‘Si los talquinos no son capaces con un teatro nuevo, elegante, bonito y sostener una compañía mejor que dediquen ese edificio a bodega y que los ratones den cuenta de las decoraciones’ ”. Este editorial golpeó la conciencia ciudadana y cual más o cual menos aportó entusiasmo y haberes para el mejor éxito de su acto inaugural que se había fijado como número oficial de las Fiestas Patrias de 1874.

Una caravana Una verdadera caravana de coches, con buenos caballos y avezados postillones, como asimismo un pelotón de milicianos para cuidar la integridad de los artistas ante los desmanes del bandidaje que imperaba por la zona de Teno, fueron a esperar a Curicó a los integrantes de la Compañía de Zarzuela de Jarques y Mateos, compuesta por 46 artistas y gran cantidad de baúles con vestuario y fardos de decorados. Los principales “hoteles’’ de la ciudad como “El Colón” y “El Comercio”, se hicieron estrechos para alojar a “los cómicos y a las cómicas”, y Talca tuvo un movimiento extraordinario desde el punto de vista comercial entre el 15 de agosto y el 4 de octubre de 1874, tiempo que duró la temporada de estreno del Teatro Municipal, y se establecieron servicios especiales de correos para traer desde Santiago los últimos modelos en vestidos que se usaban en esta clase de espectáculo, a todo lujo y gran boato local.

El día indicado para su inauguración, se vació Talca a la calle 1 Oriente con Alameda. Cada talquina quería que sus amistades y servidumbre dijeran: “parecía reina” tanto por el traje que lucía como por la enorme cantidad de sortijas, diademas y pulseras que adornaban mano, cuello y cabeza, y en la vanidad femenina no le iban menos los varones, quienes veían en las artistas una oportunidad de mostrar sus dotes donjuanescos.

La Intendencia y la Municipalidad, al estilo francés, tenían su palco a ambos lados del escenario. En el izquierdo la lustre Corporación estaba en pleno: su Alcalde don Pedro V. Letelier; el Segundo, don Víctor Carrasco Albano y el Tercero, don José A. Vergara, y sus Regidores señores: Vicente Rojas, Juan A. Silva Vergara, José Manuel Pozo G., Carlos Cortés, José Manuel Donoso, Dionisio Concha, José Francisco Walton, Fernando Parot. Al frente estaba el Intendente de la provincia don Urcisinio Opazo Silva, con su colega santiaguino don Benjamín Vicuña Mackenna, que traía la representación oficial del Gobierno.

Todo lo que se había dicho acerca del Teatro Municipal quedó muy lejos de la realidad, para esto basta comprender que se inauguraba en Talca la luz a gas, y el “gringo” Laughon colgó en el centro de la platea una lámpara con ciento treinta y tres luces con tulipas de fino cristal, y este juego de luces se repetía como manojos de luciérnagas dentro de los palcos al estilo de la Ópera de París. El nuevo teatro tenía cabida para 300 personas en los palcos, 400 en la platea y 700 en la galería.

Su acústica era extraordinaria, con un escenario de 23 metros de ancho y 15 de fondo. Los abonos a palco fueron copados por lo más selecto de nuestra sociedad, y su precio con cuatro entradas era de ocho pesos, la platea costaba un peso cincuenta centavos, y la galería setenta y cinco centavos. La noche del estreno no se consideró en el abono. Hubo discursos oficiales, entrega de pergaminos y medallas recordatorias.

Don Benjamín Vicuña Mackenna pronunció su discurso con la característica muy propia de él: “Era muy lengüetilla, pero no entibiaba”. Posiblemente en esta cualidad hay que buscar la causa de sus fracasos como político. Homenajes Se le rindieron homenajes a los pioneros que, gracias a sus esfuerzos y desvelos, se llegó a cristalizar en una realidad nuestro Teatro Municipal, como era don José Luis Borgoño, talquino residente en Valparaíso quien regaló el telón de boca, obra del pintor Boulet, similar al del Teatro Municipal de Santiago; a don Epaminondas Donoso quien venció todos los obstáculos materiales para que la Compañía Jarques y Mateos se arriesgara a llegar a Talca a causa del mal ambiente que le habían formado las otras ciudades; a don Diego de la Cruz, por sus actuaciones análogas, y así también a otros.

Se cerró este espectáculo con la pieza “La conquista de Madrid”, en que había despliegue de uniformes militares, tocatas marciales e idilios a través de los balcones con rojos geranios y verdes enredaderas. La Compañía penetró en la conciencia talquina y sus melodías se hicieron populares en todos los medios sociales, y desde la cocina hasta el salón se tarareaban estribillos, pero, todo esto quedó pálido ante la llegada de Marcelina Cuaranta la tiple que había hecho furor en España, y su actuación en esta ciudad era su estreno en Chile.

Era imponente, rubia, de cutis aterciopelado, mostrando una dignidad y distinción que la hacían majestuosa. El diario “La Opinión” decía de ella: “tiene una gracia exquisita para reír y declamar, para expresar sus sentimientos o pasiones. Como cantante está a igual altura: su voz es llena, robusta, de timbre precioso, trina con una facilidad que admira, quiebra su voz como quiere y canta siempre con afinación. Después del tercer acto (en su papel de la Reina María de Portugal en “Los Diamantes de la Reina”), el teatro era todo gritos y aplausos, lanzados por más de mil cuatrocientas personas…”.

En la noche de su beneficio el Teatro Municipal estaba repleto, y se le obsequiaron dos canastillos tejidos con hebras de plata, cubiertos con flores de jazmines del Cabo, llevando cada uno en su fondo monedas de oro por un valor superior a mil pesos. En esta forma nació a la vida el Teatro Municipal de Talca, el día 15 de agosto de 1874, y se hizo cierto aquel vaticinio de que “los ratones darían cuenta de las decoraciones”, y a este pronóstico se le pudo haber agregado que además de los roedores, serían los hombres los que darían cuenta de su alhajamiento artístico, y que daría su último suspiro como un olvidado cine de barrio el 3 de diciembre de 1963, y que el año de sequía grande en 1969, cayó sobre él la furia de los hombres no dejando ladrillo sobre ladrillo.

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